El lápiz detrás del teclado
Un lápiz fuera de lugar me hizo notar un pequeño hábito que repetía cada día al escribir. A veces, un objeto cualquiera nos muestra dónde hemos puesto la atención.
Esta mañana encontré un lápiz detrás del teclado.
No fue un descubrimiento dramático. Seguramente lo había dejado allí el día anterior, mientras escribía las cartas de la mañana, y después me olvidé de él. Aun así, me detuve un momento porque llevaba los primeros diez minutos del día buscando justo ese lápiz.
Miré en el vaso que tengo junto al escritorio. Busqué debajo de un cuaderno. Abrí el cajón donde guardo los bolígrafos de repuesto, aunque sabía que no lo había dejado allí. Al final, me rendí y cogí otro.
El lápiz perdido estaba a unos pocos centímetros de distancia.
Me pasa a menudo cuando empiezo el día demasiado deprisa. Mi cuerpo está en el escritorio, pero mi atención sigue en otro sitio. Estoy pensando en la frase que quiero escribir, en el mensaje que tengo que responder o en esa pequeña tarea que me prometí terminar antes de comer. Alargo la mano sin mirar de verdad. Después me pregunto dónde se ha metido lo que buscaba.
Después de encontrar el lápiz, preparé café y volví al escritorio. Antes de abrir mis notas, aparté algunas cosas. Un recibo acabó en el contenedor de reciclaje. Volví a colocar dos libros en la estantería. Dejé el lápiz en el vaso que está junto al monitor.
Eso fue todo. Tardé menos de un minuto.
Pero después resultó más fácil trabajar en el escritorio. No había cambiado nada importante. No había terminado una tarea difícil ni resuelto ningún problema. Solo había hecho sitio para el trabajo que ya tenía delante.
Creo que tengo la costumbre de esperar a que aparezca un hueco grande en el día para poner todo en orden. Pienso que recogeré cuando termine de escribir, después de comer o cuando acabe la semana. Claro que ese rato libre casi nunca llega. Mientras espero el momento perfecto, se van acumulando pequeños desórdenes.
Últimamente intento hacer algo más sencillo. Cuando veo que una cosa está fuera de lugar, la devuelvo a su sitio. No ordeno toda la habitación. No intento resolver todas las tareas pendientes. Solo me ocupo de lo que tengo delante.
Es una regla sencilla, pero me ayuda. Evita que una pequeña molestia se convierta en la sensación de que voy demasiado atrasado.
El lápiz se quedó en su vaso mientras escribía las cartas de hoy. Lo cogí varias veces y sabía exactamente dónde encontrarlo. Esa pequeña certeza bastó para que la mañana se sintiera menos desordenada.
Quizá esto es lo que estoy aprendiendo últimamente de las rutinas cotidianas: no siempre necesitamos empezar de cero. A veces solo tenemos que fijarnos en una cosa pequeña y devolverla a su sitio.
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